“He visto el amor más grande, el que te da una madre” canta
Amaral en el Centro de mis ojos.
Es una mujer que arrastra su pasado, los baches la han
dejado coja; pero es porque aún no sabe que todavía puede aprender a pisar
bien. Los amaneceres y atardeceres le parecen menos resplandecientes y los días se pasan lentos frente a sus ojos.
Incoloros e insípidos, sin la más mínima chispa de vitalidad.
Ve escombros allá dónde mira y su reflejo no le devuelve ya
la sonrisa. Pero es porque todavía no sabe que puede patear cada sentimiento polvoriento,
por pesado que sea. Es porque no se ha dado cuenta de el reflejo le devolverá
lo que ella le brinde. Sigue preocupada por sus defectos, porque no sabe que la
perfección no existe (y menos mal).
Fue una niña triste. Sigue siendo inocente, porque nadie le
ha preguntado de dónde sacó las fuerzas para caminar sola. Cree que ha perdido
mil batallas sin saber que ella es su propia enemiga. Los miedos siguen
apareciéndosele en sueños, porque aún no ha aprendido a cazarlos. Cree que no
brilla, porque no se ha quitado la niebla de los ojos y las frías gotitas aún
le impiden ver cuando brilla el sol o cuando brilla la luna. No sabe que en
cielo o a dónde mire ella, todo brilla.
Cree que es tarde para aprender, pero nunca es tarde. Aún no
sabe que vivir cada día es aprender algo nuevo, que superar cada miedo le hace
crecer el alma, que puede comerse el mundo a cada bocado que da.
Cree que ha hecho poco en esta vida. No sabe que siempre me
preguntaré cómo ha podido con todo. Pero lo que de verdad no sabe, es lo que me
gusta descubrir cada parte de ella que se ha quedado en mí.

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