sábado, 5 de octubre de 2013
Evasión, realidad, vida.
Los rayos del sol se colaban por los agujeros de mi blusa y me acariciaban la piel. Caminaba mirando al suelo, miraba cómo crujían las hojas secas bajo mis pies y pensé en lo duro que es mantenerse fiel a la realidad demasiado tiempo, demasiado sobria. El ser humano necesita evadirse, necesita explorar, experimentar siempre algo nuevo, ver el “hasta dónde puedo llegar”, palpar los límites y arriesgarse. Adentrémonos en lo desconocido, pues es lo que nos mantiene vivos, las ganas de ver más, de saber más, escuchar y saborear más, y cuanto más conseguimos más queremos. Por eso descubrimos drogas y alcohol, y cuándo dejaron de bastar los naturales, inventamos unos nuevos.
Algunos se pierden en ese mundo de placer efímero, de emociones fuertes y visiones irreales, sensaciones que superan “el mejor orgasmo que hayas tenido, multiplicado por mil y aún así no andarías cerca” dijo Mark Renton. Porque no soportamos la realidad, necesitamos huir de ella constantemente. Necesitamos beber del dulce de nuestra imaginación, de hacer las cosas que nos gustan y de pensar en positivo, de beber y drogarnos, de viajar lejos, como si eso nos ayudase a escapar de la realidad, de nuestras responsabilidades y sobre todo de nuestras limitaciones. Algunos inventan amores, persiguen sueños… a los que no les da la imaginación o la voluntad suelen perderse, se pierden en la rutina o en una dura evasión que acaba arrancándoles la vida y algún que otro instante de felicidad e ilusión de éxito.
Nos creemos muy grandes, muy importantes, antropocentrismo. Construimos nuestro mundo y eso nos hace pensar que tenemos derecho a cogerlo todo, nos hace creer que todo gira a nuestro alrededor, que somos indestructibles y que llevamos las riendas del mundo. Un avión estrellado, un mal giro de volante, una dosis de más, un despiste, un arrebato pasional, un filo, una bala, un mal trago y adiós. Es ahí cuando nos damos cuenta de lo frágiles y absurdos que somos, es ahí cuando nos percatamos de que podría haberle pasado a cualquiera, que la vida fluye y es resbaladiza, que es veloz y la desperdiciamos con enfados, orgullo, codicia y demás.
Empezamos a preguntarnos el sentido de la vida, el porqué de las desgracias, que si estamos solos en el Universo, que de dónde viene la vida. Algunos dejan de hacerse tales preguntas porque delegan esas preguntas para un ente que saben que nunca se las responderá, un ente que les cuida y que hace que las cosas buenas y malas pasen por alguna razón, porque necesitamos creer que siempre hay una razón, porque si las cosas pasasen porque sí, porque pasan nos sentimos insignificantes, irrelevantes y nuestro existir carece de un objetivo, un destino final.
Yo prefiero seguir haciéndome preguntas para acabar asumiendo que nunca nadie podrá contestarlas, y que si eso es así será porque en realidad no tienen importancia, son impulsos de curiosidad, de querer saber más. Me conformo al pensar que cada momento merece ser vivido, que si las cosas pasan sin más, en cualquier momento y la vida es tan frágil, será hora de vivirla y agarrarse a cada instante y a cada insignificancia de mi existencia, porque en eso consiste la vida al fin y al cabo, es un viaje, un trayecto con un destino común para todos.
Quizás la única razón de la existencia es el placer de un efímero viaje por el mundo, por la realidad de las cosas, por la necesidad de evadirse y de vivir la evasión, porque lo único que sabemos de verdad es que la vida empieza y se acaba, y todos queremos vivirla.
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