sábado, 9 de noviembre de 2013

Otra biografía sin importancia.

Ahora con esto de las redes sociales mucha gente escribe una minibiografía, contando cómo se siente, lo que cree que es, lo que cree que quiere. He decidido tras pasar tanto estrés hoy, que voy a escribir una autobiografía, porque me gusta conectar con mi cuerpo, con mi mente y tomar conciencia plena de qué carajo estoy haciendo ahora mismo.
Hace unos meses mi vida ha dado un giro, quizás esa es la línea argumental de mi vida, al menos lo que queda de año 2013. Una revolución interna que trastocó mi vida de la noche a la mañana. Desde aquel día decidí prometerme varias cosas:
Hacer algo nuevo, arriesgarme a cometer errores, matar los miedos y recuperar mi sonrisa, mi paz interna. La paz interna la llevo bastante bien, he aprendido a aceptar mis errores y limitaciones, aunque las ganas de superarme a veces me obsesionan y me descentran de mis  propósitos: aprender, divertirme y cometer locuras dignas de contarle a mis hijos algún día.
Empezaré por contaros a los que nunca me habéis visto. Me hace gracia pero me atrevo a decir que parezco una “chica dura”, los que me conocen seguramente se reirán, mi carácter es muy fuerte, para qué mentir, cuando me enfado creo que puedo llegar a dar miedo. Algún que otro diría que hasta soy algo macarrilla. Yo me considero una “culo inquieto” paso la vida de aquí a allá, buscando dónde sentirme más cómoda, más realizada, busco un hogar y a la vez una salida en todo lo que hago. Si algo no me gusta quiero dejarlo al momento, esta vida no está hecha para perder el tiempo en cosas que nos disgustan; en su medida claro, porque no me gusta estudiar, pero tampoco quiero acabar viviendo en unos cartones, y aún así, aunque estudie nunca se sabe. Soy de esas que piensa que pasa la vida escapando, creo que en realidad es una búsqueda de sensaciones, un continuo abandono de rutinas agobiantes y machacaespíritus. Soy muy terca y suelo arrepentirme, porque no hay quién me quite algo de la cabeza, me suelo obsesionar con ideas, personas y situaciones.
Siento la necesidad de crear, cualquier cosa, grande o pequeña, buena o mala. Tengo esa necesidad, como la de evadirme. Me encanta dar paseos largos, sola, sin rumbo. A veces salgo a la calle y digo: a ver a dónde llego hoy. Suelo llevar los cascos puestos, a veces me imagino que soy la protagonista de un videoclip, otras pierdo la noción de lo que estoy haciendo, viajo en mi nube personal. Podréis deducir que soy muy despistada. Pues exacto, os veo rápidos.
En las situaciones incómodas me da la risa, la gente estirada y demasiado seria me deprime. Me gustan esas personas que tienen fuerza para hacerlo todo, o esas que simplemente te sorprenden porque hacen y dicen cosas que nadie se atreve a decir ni hacer, admiro a esas personas que no tienen miedo a pensar a lo grande, que tienen intacta una ilusión casi infantil.

Me gustan los chicos que fuman, los que llevan pendientes, los que tienen pinta de pasota, los que recitan poemas, hacen magia, pintan, tocan la guitarra o andan en monociclo. Me gustan las barbas y melenas, los ojos claros, la piel morena y la mente abierta.

Me encanta pasar ratos con los amigos, haciendo o no haciendo nada, teniendo conversaciones desde el mundo y la sociedad hasta comentar las ganas que tenemos de emborracharnos. Me encanta la fiesta, mi evasión cotidiana, a todo el mundo le gusta la fiesta, a quién no es porque no la ha probado lo suficiente. Me encanta sacar fotografías, naturales y espontáneas, yo sólo poso haciendo el tonto. Me gustan los perros, sobre todo Rosita, medio muda, marmota y gordita. Adoro escribir y a veces hasta recupero mis dotes pictóricas y me da por esbozar alguna escena de mi  cabeza. Me gusta cocinar sano, pero adoro el chocolate. Me encanta la ropa, cuántos más flecos mejor, cuántos más colores en los collares mejor, cuánto más hippie o rockero mejor, cuánto más diferente, mejor. Me encantas los paseos y bailar hasta que me duela el cuerpo entero. Tengo una lista de cosas que hacer antes de morir, tengo una morriña muy íntima, llamada teatro, forma una parte de mi pasado, un bloque importante de mi infancia, algo que abandoné y que quizás algún día retome, es una de mis frustraciones por resolver, me llega a tocar la fibra sensible y todo.

Me paso el día escuchando música, me alivia la pesadez de tener que hacer cosas, recados y estudiar, me traslada a otros países mentales, me inspira frases y me trae recuerdos, me invoca a personas queridas, a algún que otro fantasma y algún que otro romance fallido o por fallar, alguna noche de desenfreno o alguna noche de tristeza.

Quiero viajar, quiero comerme el mundo. Sé ciertamente que algún día estaré haciendo las maletas, abrazando a mis padres y a mi hermano, diciendo un “hasta luego”, “tendréis casa en otro país”, marchándome como un emigrante de los 50 con el sino tocado por la necesidad, pero la necesidad de empaparme de mundo. Tengo ganas de aprenderlo todo, pero a  veces se me olvida que las cosas llevan tiempo y me atropello.

Soy muy espontánea y pasional, lo que me gusta lo vivo mucho, y lo sufro igual. Arriesgo todas mis cartas, aunque he aprendido a dejar algo en la manga, en el regazo bajo la mesa, porque una se ha estrellado lo suficiente como para haber aprendido algo.
Tengo secuelas, me han cambiado y me han amado. He amado y he cambiado a otras personas. He perdido y he recuperado en largas revanchas. Puedo decir de verdad que he tocado las nubes y que he mordido el asfalto con ganas. Cuánta morriña acumulo los fines de semana que paso en Compostela, qué mimosa me pongo los días de resaca.

De mi madre heredé la melancolía, el carácter fuerte, de luchadora. El romanticismo y la habilidad de escribir. La melena de leona negra, el gusto por los libros de Isabel Allende y la curiosidad por la cultura latina en general. Heredé de ella la inseguridad, aunque admito que cada día confío más en mí misma; de ella llevo dentro algo de bondad, aunque no tanta como ella. Ella me inculcó el gusto a la hora de vestir, me dijo que dedicase mi vida a lo que me gustase y que no me amargase por gente que no vale la pena.
De mi padre heredé el amor por coleccionar discos, tengo días uraños, eso me lo ha dado él. Me ha brindado la habilidad de escabullirme de las discusiones y problemas irrelevantes; él me ha pasado el complejo de astronauta, ese gusto por las estrellas, la inmensidad del mundo despierta nuestra curiosidad; lo despistados que somos, que vivimos en la luna, que construimos murallas para separar nuestro mundo individual del de los demás. De él heredé las ganas de hacer el payaso.

La gente me suele decir que les sorprendo cuando me conocen. Soy reservada. Librepensadora, y no suelo tener problema en decir lo que pienso, lo que molesta a la gente, lo que les confunde a veces. Me suelo contradecir a mí misma, porque mis actos y pensamientos van con la dirección del viento, suben y bajan con las mareas y se encienden y apagan con las lunas.

A ver quién tiene huevos y sobre todo el tiempo libre necesario para llegar a este párrafo, a ver quién se aburre tanto o tiene tantas ganas de conocerme. Buenas y melancólicas noches, aquí una biografía más, sin méritos que valga la pena resaltar, con historias demasiado largas como para contártelas ahora. Tráete un café, da para rato.

sábado, 5 de octubre de 2013

Evasión, realidad, vida.

Los rayos del sol se colaban por los agujeros de mi blusa y me acariciaban la piel. Caminaba mirando al suelo, miraba cómo crujían las hojas secas bajo mis pies y pensé en lo duro que es mantenerse fiel a la realidad demasiado tiempo, demasiado sobria. El ser humano necesita evadirse, necesita explorar, experimentar siempre algo nuevo, ver el “hasta dónde puedo llegar”, palpar los límites y arriesgarse. Adentrémonos en lo desconocido, pues es lo que nos mantiene vivos, las ganas de ver más, de saber más, escuchar y saborear más, y cuanto más conseguimos más queremos. Por eso descubrimos drogas y alcohol, y cuándo dejaron de bastar los naturales, inventamos unos nuevos. Algunos se pierden en ese mundo de placer efímero, de emociones fuertes y visiones irreales, sensaciones que superan “el mejor orgasmo que hayas tenido, multiplicado por mil y aún así no andarías cerca” dijo Mark Renton. Porque no soportamos la realidad, necesitamos huir de ella constantemente. Necesitamos beber del dulce de nuestra imaginación, de hacer las cosas que nos gustan y de pensar en positivo, de beber y drogarnos, de viajar lejos, como si eso nos ayudase a escapar de la realidad, de nuestras responsabilidades y sobre todo de nuestras limitaciones. Algunos inventan amores, persiguen sueños… a los que no les da la imaginación o la voluntad suelen perderse, se pierden en la rutina o en una dura evasión que acaba arrancándoles la vida y algún que otro instante de felicidad e ilusión de éxito. Nos creemos muy grandes, muy importantes, antropocentrismo. Construimos nuestro mundo y eso nos hace pensar que tenemos derecho a cogerlo todo, nos hace creer que todo gira a nuestro alrededor, que somos indestructibles y que llevamos las riendas del mundo. Un avión estrellado, un mal giro de volante, una dosis de más, un despiste, un arrebato pasional, un filo, una bala, un mal trago y adiós. Es ahí cuando nos damos cuenta de lo frágiles y absurdos que somos, es ahí cuando nos percatamos de que podría haberle pasado a cualquiera, que la vida fluye y es resbaladiza, que es veloz y la desperdiciamos con enfados, orgullo, codicia y demás. Empezamos a preguntarnos el sentido de la vida, el porqué de las desgracias, que si estamos solos en el Universo, que de dónde viene la vida. Algunos dejan de hacerse tales preguntas porque delegan esas preguntas para un ente que saben que nunca se las responderá, un ente que les cuida y que hace que las cosas buenas y malas pasen por alguna razón, porque necesitamos creer que siempre hay una razón, porque si las cosas pasasen porque sí, porque pasan nos sentimos insignificantes, irrelevantes y nuestro existir carece de un objetivo, un destino final. Yo prefiero seguir haciéndome preguntas para acabar asumiendo que nunca nadie podrá contestarlas, y que si eso es así será porque en realidad no tienen importancia, son impulsos de curiosidad, de querer saber más. Me conformo al pensar que cada momento merece ser vivido, que si las cosas pasan sin más, en cualquier momento y la vida es tan frágil, será hora de vivirla y agarrarse a cada instante y a cada insignificancia de mi existencia, porque en eso consiste la vida al fin y al cabo, es un viaje, un trayecto con un destino común para todos. Quizás la única razón de la existencia es el placer de un efímero viaje por el mundo, por la realidad de las cosas, por la necesidad de evadirse y de vivir la evasión, porque lo único que sabemos de verdad es que la vida empieza y se acaba, y todos queremos vivirla.

martes, 23 de julio de 2013

A la luz de una vela.

Echarse de menos a sí mismo es un sentimiento tan triste como profundo e íntimo. Yo me eché mucho de menos durante largo tiempo, echaba de menos toda mi forma, mis errores e inmadurez. Si algún día os echáis de menos a vosotros mismos, os daréis cuenta de tal sentimiento supondrá algún tipo de cambio en vuestras vidas. Decidiréis que queréis volver a ser como antes, o al menos recuperar lo bueno de vuestro yo antaño, o al menos buscaréis en el pasado, en las viejas fotografías y en los nombres de aquellos que fueron mucho y hoy son menos, o que fueron algo y hoy no son más que una etapa en vuestras vidas. No sé si me comprendéis, para comprenderme es necesario haber perdido algo por el camino, habéis tenido que pararos en seco, echar el freno y recibir la sacudida, debisteis de lanzaros con empeño e ilusión hacia algo, debisteis de despertar estrellados en el suelo, con el rostro en blanco y la incertidumbre a cuestas. Debisteis de despertar exaltados, como quién lleva años viviendo en una burbuja, que estalla y os devuelve al mundo. Aquí y ahora, a la luz de estas velas y con esta música botando en mis oídos, he vuelto a conectar conmigo, a sentirme y a proponerme una cosa, aprender a vivir sola y a quererme sin que nadie tenga que decírmelo. Estoy aquí y así gracias a ese querido amigo que me acompaña últimamente todas las noches en la intimidad de mi cama, Insomnio le llaman. Puedo echarle la culpa a él o a esa revelación que camina dentro de mí desde hace tiempo, cuestionándolo todo y retándome ante todo. He decidido escucharme, a mi parte racional y a la irracional también. Sobre todo a la irracional. Os recomiendo que no intentéis matar a Irracional, no intentéis enterrarla bajo el cemento de palabras cómo “que locura” “vaya paridas que se me ocurren” o “tengo demasiada imaginación” ella siempre logra salir, renacer y desordenar nuestros planes, nos perturba, enreda el orden social y sacude las mentes hasta hacerlas estallar. Ahora mismo siento silencio en mi sangre, paz en las venas y torbellinos en la mente, el corazón está muy agusto aquí dentro, ahora baila al son de esta música, muy despacito, podría decir que me estoy acunando el corazón.

viernes, 11 de enero de 2013

De naranjas.

Alguien dijo una vez, que no necesitamos una media naranja, que nacemos ya completos, pero con carencias; carencias que queremos llenar con otra media naranja, para encontrarle sentido a la existencia o para matar a la amiga soledad. Pues yo creo que si tienes carencias no estás completo, porque te falta algo, yo lleno las carencias de mi vida con tus virtudes, tampoco soy una naranja, pero mi vida está más completa. Supongo que nunca me libraré de la soledad, pero tú la haces leve y soportable, contigo olvido que existe. Contigo el zumo es más dulce.