Ahora con esto de las redes sociales mucha gente escribe una
minibiografía, contando cómo se siente, lo que cree que es, lo que cree que
quiere. He decidido tras pasar tanto estrés hoy, que voy a escribir una autobiografía, porque me gusta conectar con mi cuerpo, con mi mente y tomar conciencia
plena de qué carajo estoy haciendo ahora mismo.
Hace unos meses mi vida ha dado un giro, quizás esa es la
línea argumental de mi vida, al menos lo que queda de año 2013. Una revolución
interna que trastocó mi vida de la noche a la mañana. Desde aquel día decidí prometerme varias cosas:
Hacer algo nuevo, arriesgarme a cometer errores, matar los
miedos y recuperar mi sonrisa, mi paz interna. La paz interna la llevo bastante
bien, he aprendido a aceptar mis errores y limitaciones, aunque las ganas de
superarme a veces me obsesionan y me descentran de mis propósitos: aprender, divertirme y cometer
locuras dignas de contarle a mis hijos algún día.
Empezaré por contaros a los que nunca me habéis visto. Me
hace gracia pero me atrevo a decir que parezco una “chica dura”, los que me
conocen seguramente se reirán, mi carácter es muy fuerte, para qué mentir, cuando
me enfado creo que puedo llegar a dar miedo. Algún que otro diría que hasta soy
algo macarrilla. Yo me considero una “culo inquieto” paso la vida de aquí a
allá, buscando dónde sentirme más cómoda, más realizada, busco un hogar y a la
vez una salida en todo lo que hago. Si algo no me gusta quiero dejarlo al
momento, esta vida no está hecha para perder el tiempo en cosas que nos
disgustan; en su medida claro, porque no me gusta estudiar, pero tampoco quiero
acabar viviendo en unos cartones, y aún así, aunque estudie nunca se sabe. Soy de esas
que piensa que pasa la vida escapando, creo que en realidad es una búsqueda de
sensaciones, un continuo abandono de rutinas agobiantes y machacaespíritus. Soy
muy terca y suelo arrepentirme, porque no hay quién me quite algo de la cabeza,
me suelo obsesionar con ideas, personas y situaciones.
Siento la necesidad de crear, cualquier cosa, grande o
pequeña, buena o mala. Tengo esa necesidad, como la de evadirme. Me encanta dar
paseos largos, sola, sin rumbo. A veces salgo a la calle y digo: a ver a dónde
llego hoy. Suelo llevar los cascos puestos, a veces me imagino que soy la
protagonista de un videoclip, otras pierdo la noción de lo que estoy haciendo,
viajo en mi nube personal. Podréis deducir que soy muy despistada. Pues exacto, os veo rápidos.
En las situaciones incómodas me da la risa, la gente
estirada y demasiado seria me deprime. Me gustan esas personas que tienen
fuerza para hacerlo todo, o esas que simplemente te sorprenden porque hacen y
dicen cosas que nadie se atreve a decir ni hacer, admiro a esas personas que no
tienen miedo a pensar a lo grande, que tienen intacta una ilusión casi
infantil.
Me gustan los chicos que fuman, los que llevan pendientes,
los que tienen pinta de pasota, los que recitan poemas, hacen magia, pintan,
tocan la guitarra o andan en monociclo. Me gustan las barbas y melenas, los
ojos claros, la piel morena y la mente abierta.
Me encanta pasar ratos con los amigos, haciendo o no
haciendo nada, teniendo conversaciones desde el mundo y la sociedad hasta comentar
las ganas que tenemos de emborracharnos. Me encanta la fiesta, mi evasión
cotidiana, a todo el mundo le gusta la fiesta, a quién no es porque no la ha probado
lo suficiente. Me encanta sacar fotografías, naturales y espontáneas, yo sólo
poso haciendo el tonto. Me gustan los perros, sobre todo Rosita, medio muda,
marmota y gordita. Adoro escribir y a veces hasta recupero mis dotes pictóricas
y me da por esbozar alguna escena de mi
cabeza. Me gusta cocinar sano, pero adoro el chocolate. Me encanta la
ropa, cuántos más flecos mejor, cuántos más colores en los collares mejor,
cuánto más hippie o rockero mejor, cuánto más diferente, mejor. Me encantas los
paseos y bailar hasta que me duela el cuerpo entero. Tengo una lista de cosas
que hacer antes de morir, tengo una morriña muy íntima, llamada teatro, forma una
parte de mi pasado, un bloque importante de mi infancia, algo que abandoné y
que quizás algún día retome, es una de mis frustraciones por resolver, me llega
a tocar la fibra sensible y todo.
Me paso el día escuchando música, me alivia la pesadez de
tener que hacer cosas, recados y estudiar, me traslada a otros países mentales,
me inspira frases y me trae recuerdos, me invoca a personas queridas, a algún
que otro fantasma y algún que otro romance fallido o por fallar, alguna noche
de desenfreno o alguna noche de tristeza.
Quiero viajar, quiero comerme el mundo. Sé ciertamente que
algún día estaré haciendo las maletas, abrazando a mis padres y a mi hermano,
diciendo un “hasta luego”, “tendréis casa en otro país”, marchándome como un
emigrante de los 50 con el sino tocado por la necesidad, pero la necesidad de
empaparme de mundo. Tengo ganas de aprenderlo todo, pero a veces se me olvida que las cosas llevan
tiempo y me atropello.
Soy muy espontánea y pasional, lo que me gusta lo vivo
mucho, y lo sufro igual. Arriesgo todas mis cartas, aunque he aprendido a dejar
algo en la manga, en el regazo bajo la mesa, porque una se ha estrellado lo
suficiente como para haber aprendido algo.
Tengo secuelas, me han cambiado y me han amado. He amado y
he cambiado a otras personas. He perdido y he recuperado en largas revanchas.
Puedo decir de verdad que he tocado las nubes y que he mordido el asfalto con
ganas. Cuánta morriña acumulo los fines de semana que paso en Compostela, qué
mimosa me pongo los días de resaca.
De mi madre heredé la melancolía, el carácter fuerte, de
luchadora. El romanticismo y la habilidad de escribir. La melena de leona
negra, el gusto por los libros de Isabel Allende y la curiosidad por la cultura
latina en general. Heredé de ella la inseguridad, aunque admito que cada día
confío más en mí misma; de ella llevo dentro algo de bondad, aunque no tanta
como ella. Ella me inculcó el gusto a la hora de vestir, me dijo que dedicase
mi vida a lo que me gustase y que no me amargase por gente que no vale la pena.
De mi padre heredé el amor por coleccionar discos, tengo
días uraños, eso me lo ha dado él. Me ha brindado la habilidad de escabullirme
de las discusiones y problemas irrelevantes; él me ha pasado el complejo de
astronauta, ese gusto por las estrellas, la inmensidad del mundo despierta
nuestra curiosidad; lo despistados que somos, que vivimos en la luna, que
construimos murallas para separar nuestro mundo individual del de los demás. De
él heredé las ganas de hacer el payaso.
La gente me suele decir que les sorprendo cuando me conocen.
Soy reservada. Librepensadora, y no suelo tener problema en decir lo que
pienso, lo que molesta a la gente, lo que les confunde a veces. Me suelo
contradecir a mí misma, porque mis actos y pensamientos van con la dirección del
viento, suben y bajan con las mareas y se encienden y apagan con las lunas.
A ver quién tiene huevos y sobre todo el tiempo libre
necesario para llegar a este párrafo, a ver quién se aburre tanto o tiene
tantas ganas de conocerme. Buenas y melancólicas noches, aquí una biografía
más, sin méritos que valga la pena resaltar, con historias demasiado largas
como para contártelas ahora. Tráete un café, da para rato.
