Cuando siento que quiero escapar, que quiero respirar hondo
y cambiar de aires. Simplemente me llega con cerrar los ojos y más de una vez
me ha venido la misma imagen a la cabeza:
Una habitación de paredes blancas, alguna que otra foto de
días geniales y fiestas, de muecas que hubiese deseado no hacer en la pared. Una voz tranquila, de esas que
tienen un timbre inconfundible, suenan guitarras de fondo y quizás un piano.
Todo es suave. Todo fluye en esa habitación. La ventana está abierta y se cuela
el viento, y al entrar hace bailar las cortinas claras. Alguien está tras el
lento bailoteo de las cortinas, medio desnudo, apoyado en la verja de hierro
negro que rodea la pequeña terraza. Mira el paisaje en silencio mientras fuma
despacio, saborea cada calada porque no hay prisa, además escruta cada detalle
del paisaje que tiene delante de sus ojos, porque le encanta y quiere grabarlo
a fuego en su cabeza.
La cama está un poco fría, porque la brisa matinal se ha
pegado a las sábanas. Estoy ahí tirada, enredada en la ropa de cama y mirando
al techo. Escucho esa agradable música, la brisa y las conversaciones en la
calle. Palabras que no entiendo, son como canciones lejanas, porque no entiendo
ese idioma, lenguaje de ese sitio que quién demonios sabe cual es. Pero seguro
que no se parece en nada a lo que ya he visto, seguro que es de esos sitios que
imaginas, que parece que has visto en otra vida o simplemente deseas verlos
desde que te alguien te habló de ellos. El ambiente es fresco, pero aún huele a
incienso, al café del desayuno y los olores propios de ese país que podría ser
cualquiera, con bandera o sin ella.
Podría ser un sueño, un producto de un subconsciente
deseoso, un flashforward, un flashback de otra vida o un deja vú. Está en mi
cabeza y cuando cierro los ojos a veces se me aparece.


No hay comentarios:
Publicar un comentario